¿Sabe responder la escuela ante alumnos con altas capacidades?
¿Qué cociente intelectual tienen
las personas con altas capacidades? ¿El nivel de desarrollo intelectual que
alcanzan es paralelo al desarrollo emocional? ¿Qué medidas educativas se pueden
poner en marcha para atender a sus necesidades?
En nuestra sociedad existe un
gran desconocimiento acerca de las altas capacidades. Son numerosas las
campañas de sensibilización social que realizan asociaciones como AEST
(Asociación Española para Superdotados y con Talento), entre otras. Pero aún
queda un largo camino por recorrer en diversos ámbitos, entre los que destaca
el educativo.
Por contradictorio que pueda
parecer, muchos niños con altas capacidades no quieren ir al colegio y, según
datos del último Informe Nacional sobre la educación de los superdotados, el
50% abandona la escuela con fracaso escolar. La principal causa que encuentran
las familias es la falta de formación del profesorado para detectar a estos
niños y, derivado de ello, la ausencia de medidas educativas para atender a sus
necesidades.
Madres como la de Adrián, un niño
del País Vasco, plantean situaciones vividas con los profesores de sus hijos
que evidencian esa falta de conocimiento y de preparación de la que venimos
hablando: “En el colegio nos llegaron a decir que no le enseñáramos cosas en
casa, que sino qué iba a hacer en el cole.” Incluso el propio Adrián comenta: “Cuando
terminaba los deberes que ya me sabía, me sentaban en un cojín a leer”.
Sin embargo, la toma de medidas
adecuadas resulta mucho más complicada cuando el diagnóstico de las altas
capacidades es diferente en función de la Comunidad Autónoma. Sorprendentemente,
un niño con altas capacidades en Navarra puede no serlo en Madrid. Entonces,
¿cómo vamos a lograr responder verdaderamente a sus necesidades? ¿Qué ocurre si
cambia de comunidad?
No cabe duda de que no estamos
haciendo las cosas bien. Es fundamental, en primer lugar, unificar criterios de
detección, diagnóstico y actuación. Al mismo tiempo, se requiere que tanto el
profesorado como los orientadores del centro reciban una formación básica (como
mínimo) para poder responder adecuadamente ante estos alumnos. Y creo que esto
último debería comenzar en las universidades, formando a los futuros profesores.
Para terminar, os invito a que conozcáis
a Adrián, el niño del que hemos hablado anteriormente. Quizás su testimonio os
ayude a comprender un poco mejor la realidad que viven estos niños y sus
familias y, quién sabe, empecéis a dar los primeros pasos de ese cambio que
reclaman a gritos y que tanta falta hace.
